Enfoque Global

Madres a la fuerza en El Salvador

Tomado BBC

A Damary le tocaron la puerta y la hicieron madre. Sentada en su viejo sofá, mientras cenaba viendo un programa de televisión, escuchó que alguien golpeaba, apresurado. La joven de 23 años dejó su plato con frijoles y crema, y se levantó para recibir a su visitante. Entonces la vida le cambió.

Abrió y frente a ella apareció un pandillero con un bebé en los brazos, envuelta en una desteñida sábana verde.

El pandillero, un joven de apenas unos 16 años, cara huesuda y moreno, sacó un teléfono y se lo entregó a Damary. «Te hablan», le dijo y se lo extendió.

Ella escuchó una voz que reconocía. Era la de un pandillero de su comunidad que estaba preso desde hacía menos de un año. «Ahí te van a entregar a la niña. Vos ya sabés de quién es hija. Cuídala porque si algo le pasa con vos nos vamos a entender. Te vamos a estar vigilando», recuerda que le dijo.

Pocas palabras. La llamada finalizó. Esa noche, el pandillero no sacó ninguna pistola. Le entregó a la joven una niña tan pequeña que ella calcula que no tenía más de cinco días de nacida. Damary entregó el teléfono y se metió a su casa sin poder preguntar mucho. Cuando cerró la puerta, le había nacido una hija de la nada.

Avanzó con su nueva cría en brazos hasta el viejo sillón donde tantas veces durmió a su propia hija, de 3 años. Se sentó y empezó a llorar.

Su madre, que minutos antes estaba durmiendo a su nieta, salió y se sentó a su lado.

Damary le contó lo que había pasado. Pocas palabras. Más preguntas que respuestas. Ambas discutieron por un rato pensando cómo harían para mantener a dos bebés en una casa donde ninguna tenía empleo fijo.

Entonces, la madre, resignada, cerró la conversación pidiéndole a Damary que intentara ver a su nueva hija como una bendición. Luego vino el silencio y se echaron a dormir.

El Cuculus Canorus es un pájaro gris regordete al que la ciencia ha llamado con un nombre de espanto: El Cuco. Es un ave insectívora a la que le gusta alimentarse principalmente de gusanos. Su nombre, según explican los expertos, se debe a su canto: «cu-cu».

Pero no es su dieta lo que hace particular a este pájaro de mal agüero. Son sus prácticas de crianza. El Cuco no tiene en su ADN trabajar ni construir nidos, pero sí reproducirse. Y para eso, la hembra deposita sus huevos en un nido ajeno y obliga a otros pájaros hospederos a encubar y alimentar a su cría, bajo amenaza.

Varios científicos han intentado explicar cómo las hembras Cuco seleccionan a los pájaros hospederos, sus víctimas. Unos dicen que la madre busca debilidades en las otras especies que viven en su hábitat, otros que es un conocimiento heredado genéticamente. Lo cierto es que un buen día, el Cuco llega al nido de otros pájaros y deja ahí su huevo.

¿Pero por qué los pájaros hospederos, las víctimas de El Cuco, reciben huevos ajenos si la mayoría de las veces estos son evidentemente diferentes a los propios? Los que saben de aves indican que, al no tener un nido, solo hay una forma en que la madre Cuco puede garantizar la vida de su cría en un hogar ajeno: la amenaza. Los expertos lo han llamado Hipótesis de la Mafia.

Cuando un huevo Cuco es rechazado, la madre se encarga de destruir el nido o herir de muerte a los polluelos de los hospederos.

Por eso, durante la crianza, aunque los pájaros hospederos casi no la ven, la madre Cuco ronda eventualmente el nido donde está su cría, una cría que luego repetirá la historia programada en sus genes.

 

Así pasaron los días y la nueva hija de Damary cumplió un mes, dos meses, tres meses, un año y luego dos. Hasta que se convirtió en la niña que ahora tengo frente a mí. Una niña que juega en una cancha de cemento en una comunidad empobrecida de San Salvador, que ríe, que llora, que canta, que dice mamá. Una niña que nació con una amenaza.

Una pequeña que hasta hoy no tiene papeles, porque nunca se los dejaron a Damary. Nadie le dijo cuándo había nacido ni dónde está asentada. Por eso tuvo que inventarle un nombre y una fecha de cumpleaños para criarla como su verdadera hija, aunque no tiene idea de cómo hará para llevarla a la escuela, al hospital, porque no sabe cómo explicarle al Estado quién es la niña.

Para Damary no hay diferencia entre sus dos hijas. A las dos las mima por igual, las saca a pasear, les compra ropa usada, las peina, les canta, las duerme. En su WhatsApp, la foto de perfil es siempre de ambas. Una es piel trigueña y la otra blanca. Diferentes, pero iguales para su madre.

Después de aquella noche de marzo de 2015, la vida de Damary nunca fue igual. Cuando solo tenía una hija cuenta que podía ir al instituto a estudiar mientras su madre la cuidaba. Pero ahora, con dos, ya no.

Los US$0,70 diarios del pasaje más los US$2 para desayunalmorzar se le convirtieron en una fortuna que ya no podía derrochar. Entonces abandonó sus estudios y se dedicó a criar a su hija y a la hija de la pandilla.

Una tarde de junio de 2017, mientras platico con ella bajo una glorieta frente a la cancha de su comunidad, le suena el teléfono. La joven, con una prisa nerviosa, saca el aparato, se aleja unos pasos y habla. Dos minutos. Luego regresa, con una mueca de sonrisa en la cara, pide disculpas y se sienta.

-¿Era del penal? – le pregunto.

-Sí – contesta, y mira hacia los lados -. Pensé que nos habían visto, pero solo era para ver cómo está la niña.

A Damary le caen llamadas constantemente. La vigila el Cuco.

La comunidad de las canguras

Las pandillas controlan las comunidades a tal punto de decidir sobre la vida privada de sus habitantes, como pasa cuando eligen a sus niñeras.

A principios de 2016 llegué a esta localidad cuyo nombre no puedo mencionar porque hacerlo significaría poner en peligro la vida de las mujeres de esta historia, a las niñeras. Llegué después de haber conocido a 18 personas de una misma familia que huyeron de ella para salvar sus vidas de las amenazas de la pandilla Barrio 18.

Para llegar a esta comunidad no hay que salir mucho de la capital. No está aislada de los centros comerciales o supermercados. A menos de un kilómetro hay un puesto policial, y un poco más allá una subdelegación.

Los policías patrullan casi a diario acompañados de soldados. Paran a los jóvenes que ven en los pasajes, los catean. Y por las noches, en operativos constantes, golpean las puertas, registran las casas. Suenan los balazos. Parecería que el Estado tiene presencia y control.

Pero no.

En realidad, esta comunidad, sus edificios multifamiliares y sus diez pasajes completos, están bajo el control de la pandilla. Aquí son los pandilleros de la facción Revolucionarios del Barrio 18 quienes deciden quién entra y quién sale, quién paga la extorsión y quién no, quién vive y quién muere.

La pandilla influye en aspectos básicos de la vida: cómo se pueden vestir los jóvenes, en qué escuela pueden estudiar los hijos, qué música se puede escuchar a alto volumen, hasta qué hora de la noche uno se puede emborrachar, y así… Quien entra aquí solo lo hace acompañado por un habitante que goce de un poco de autoridad.

Todas estas normas no están escritas en ningún lado; simplemente se saben por las experiencias pasadas. Y también se sabe cuál es el castigo por no cumplirlas. El que se niega a pagar la extorsión, muere. Ya ha pasado. El que colabora con la policía, muere. Ya ha pasado. El que sopla información a una pandilla contraria, muere. Ya ha pasado.

El control de la pandilla en esta comunidad es latente y lo ejercen personas que, como el Cuco, no son enormes. Suelen ser jovencitos flacuchos, adolescentes como el pandillero que entregó una bebé a Damary. O como el que pasa en la entrada con un celular en la mano. O como el que vigila la zona de la cancha.

Todo esto es parte de la cotidianidad. La gente lo sabe y obedece. Incluidas «las niñeras» o canguras del barrio.

Ellos y nosotros

Como Damary, María se transformó en madre de un día para otro. Pero no de una bebé, sino de un niño que ya tenía 8 años.

María es evangélica y todos los sábados llevaba a niños a la iglesia para que se pudieran divertir, aprender y recibir unos cuantos caramelos. Entre ellos a Andrés.

Una tarde, cuando fue a dejarlo de vuelta a su casa, nadie le abrió. Regresaron varias veces. Nada.

Ese sábado se lo llevó a su casa, le arregló un colchón y le puso unas sábanas, le pidió a sus hijos que durmieran en otro colchón que tiraron al suelo y así pasaron la noche.

El domingo sonó el teléfono. «Cu-cu».

-La voz de un hombre me decía que me encargaban al niño y que cualquier cosa que le pasara sobre mí recaía ¿me entiende? Y que conocían a mi familia, así que no era tan fácil que me librara de algo que se podría vengar en mi contra.

-¿La persona que le habló se identificó? – le pregunto.

-No fue necesario que se presentara. Simplemente hemos llegado a discernir de dónde vienen. Porque con solo oírlos cómo hablan, ellos atemorizan. Aterrorizan. A mí me dijeron que, si algo le pasaba al niño, ellos ya sabían. «Ellos». «Nosotros». Que ya sabían dónde me podían hacer daño. Esa fue la única llamada así. Con el tiempo, me llamaban y solo se escuchaba que respiraba la persona, así, bien fuerte. Yo pensaba que era que querían oír al niño, pero lo que querían era que yo escuchara ese respiro, como para decirme que el animal estaba cerca.

-Y desde entonces, ¿nunca le han llamado para preguntarle cómo está el niño?

-Una vez sí. Fue una mujer. Me dijo que si le podía pasar a Andrés. Hola, fulana, me dijo. Hasta con mi nombre. Pero la llamada era por WhatsApp y se cortó y no me volvieron a llamar. Yo creo que era la mamá. Se dice que los dos están presos. La mamá en Ilopango y el papá en Quezaltepeque.

-¿Cómo ha sido el proceso de adaptarse a tener otro niño?

-Bueno, ha sido… la cuesta un poco más inclinada.

-¿Qué piensa hacer con el niño a futuro?

Pues mi mamá lo que me ha dicho es que ella está orando y que afronte la situación y que en vez de verlo como una carga lo tome como una bendición; que ella, aunque quiera no me puede ayudar, pero va a intentar en lo que pueda. Solo le he contado a mi hermano y a mi mamá. Yo les digo que sí. Yo al niño lo quiero, pero en realidad lo que más quisiera es que sus verdaderos papás se lo llevaran. Porque, pues sí, es bien difícil todo esto.