Masacre de Albrook: los alzados fueron penetrados por la CIA
Javier Collins Agnew
La Verdad Panamá
“Distinguido periodista, muchas gracias por la oportunidad de expresar mis opiniones…”, comienza Milton Castillo con la formalidad de quien pide permiso para nombrar el dolor.
La celda de El Renacer, donde Castillo estaba preso cuando estalló el 3 de octubre, se convierte en la primera escena de esta crónica: un cuarto hecho de horarios y rumores.
Desde ahí, la noticia llegó fragmentada: voces que se querían escuchar y órdenes que nunca quedaron en claro.
“Fue una circunstancia de alta tensión emocional… y hasta de confusión”, recuerda.
El asesinato de Hugo Spadafora aparece como un nudo que estranguló la paciencia institucional.
Para muchos dentro del uniforme, ese crimen fue más que un homicidio: fue una afrenta a la dignidad militar.
Castillo lo expresa sin ambages: “esa muerte nos lastimó a todos… vergüenza de que hayamos estado institucionalmente involucrados en tan vergonzosa tragedia”.
En paralelo, la lectura de Felipe Camargo instala la sombra del exterior: la imagen del tablero geopolítico donde Washington, según su versión, jugó sus piezas para debilitar a las Fuerzas de Defensa.
Camargo no elude nombres: habla de penetración, operadores y un diseño que buscó fracturar desde dentro.
El 3 de octubre quedó marcado por cuerpos y silencio
Las órdenes que condujeron a los fusilamientos fueron, para muchos, el cierre violento de una espiral iniciada en 1988.
Allí, donde la disciplina debió proteger vidas, se quebró.
Los relatos de Castillo y Camargo, que se entrelazan como dos hilos de distinto color en una misma tela rota: el hilo del arrepentimiento y la vergüenza; el de la conspiración y la fractura.
Ambos terminan dibujando la misma figura: once oficiales muertos, familias esperando una verdad completa y una historia que no admite treguas.
Treinta y seis años después, el 3 de octubre sigue llamando a la memoria con la dureza de una mancha que no se borra.
Un clamor desde la prisión: Milton Castillo
Castillo, que abrió la entrevista solidarizándose primero con las familias, habla desde la vergüenza y el arrepentimiento.
Se presenta como testigo de un tiempo “trágico, triste, doloroso y sanguinario.
En su relato reaparecen dos hilos que, a su juicio, detonaron la rebelión: el desgaste institucional por la corrupción y, de manera determinante, el asesinato del doctor Hugo Spadafora.
“Esa muerte nos lastimó a todos… hoy solo me queda vergüenza de que la institución a la que pertenecí se viera envuelta en un crimen tan vergonzoso”, dijo.
Castillo recuerda además la secuencia previa que anticipó la tragedia: la fallida sublevación del 16 de marzo de 1988 y la advertencia dirigida a la oficialidad joven: los próximos alzados no irían a la cárcel, sino al cementerio.
“Eso es… una sentencia de muerte anticipada”, afirma con crudeza.
“Fueron víctimas de una ejecución extrajudicial… sentenciados a muerte después de la sonada fallida del dieciséis de marzo de 1988″, sentenció.
En lo humano, Castillo revela dónde estaba cuando explotaron los hechos: preso en la cárcel de El Renacer.
Desde ahí sintió la confusión, la tensión y la desinformación que califica como “circunstancia de alta tensión emocional… y hasta de confusión, sin saberse los detalles de lo que estaba pasando a espaldas de la gran mayoría” de los uniformados.
Asimismo, mezcla memoria militar e histórica: evoca el aterrizaje de Torrijos en David en 1969 y la lealtad de la cuarta compañía Urracá, en contraste con la traición que, según él, se vivió en 1989.
No rehúye la crítica a la política civil: atribuye a “la tragedia corrupta y delictiva” de administraciones posteriores un daño profundo a la república.
Sobre responsabilidades, su veredicto es tajante: «absolutamente todas» recaen en la jerarquía militar que permitió o encubrió la masacre.
Camargo ofrece una lectura más política y geopolítica del levantamiento. No elude nombres ni causas: asegura que los alzados fueron «penetrados por la CIA» y menciona a Rafito Cedeño, secretario privado de Noriega, como operador interno vinculado a la misión de desgastar a la Fuerza de Defensa.
“El golpe del 3 de octubre tenía participación e interés de Estados Unidos… era un plan para desgastar, quebrar y fracturar la institución.”
Respecto a los fusilamientos, su postura intenta matizar lo militar con lo humano: reconoce que, en contextos de golpes internos, «siempre dejan muertos», pero sentencia que «no debió haberse ejecutado a los oficiales después de rendidos».
Camargo detalla además consecuencias concretas: la dispersión y el castigo a unidades enteras, muchos trasladados a Coiba y al antiguo fuerte Cimarrón, que, a su juicio, “debilitaron al poder militar” y facilitaron la implosión institucional.
En su mirada final hay también una crítica al olvido civil: “Los civiles que se encaramaron en el poder nunca le dieron el mérito necesario a esos oficiales que ofrendaron su vida… Esa es la democracia panameña: la que se construyó sobre el silencio de los caídos”.
Coincidencias y quiebras: lectura del presente
Entre ambos exoficiales se cruzan coincidencias y diferencias: coinciden en que las Fuerzas de Defensa estaba fracturada y que la masacre marcó un punto de quiebre; discrepan en el peso de la intervención externa.
Mientras Castillo insiste en el efecto moral del asesinato de Spadafora y en la “sentencia de muerte” que pendía desde 1988, Camargo subraya la penetración y el interés de actores externos en precipitar la caída institucional.
Las voces consultadas aportan claves que suelen quedar fuera de relatos oficiales: advertencias internas, castigos a unidades y la sensación de que, tras la matanza, la tropa fue debilitada y desmoralizada.
Ambos coinciden en una conclusión dura: la masacre sigue sin justicia plena y continúa siendo una página abierta de la historia panameña.
Los fusilados
1- Teniente Coronel Moisés Giroldi Vera
2- Mayor Nicasio Lorenzo Tuñón
3- Mayor León Tejada González
4- Mayor Edgardo Sandoval
5- Mayor Erick Alberto Murillo
6- Mayor Juan José Arza
7- Capitán Jorge Bonilla Arboleda
8- Teniente Ismael Ortega Caraballo
9- Teniente Francisco Concepción
10- Subteniente Deoclídes Julio
11- Subteniente Feliciano Muñoz Vega



