Expresiones

Lecciones de fútbol sobre democracia y Estado de derecho

Por Carlos Eduardo Rubio Abogado y exministro de Estado

​El fútbol, especialmente en el escenario de un Mundial, es mucho más que veintidós jugadores corriendo tras un balón; es un reflejo exacto de cómo funciona —o debería funcionar— una sociedad democrática bajo el imperio de la ley. Aunque a menudo vemos el deporte rey como un espacio de pasión desbordada, la realidad es que su existencia misma depende de un entramado institucional estricto donde el poder está limitado por las normas.

​La paradoja de las reglas: Restricciones que crean libertad
​A primera vista, las leyes y los reglamentos pueden parecer obstáculos para la libertad individual. Sin embargo, se trata de una hermosa paradoja: las reglas no destruyen la libertad, sino que la garantizan. Piensa, por ejemplo, en los semáforos. Un semáforo en rojo te impide el paso bajo amenaza de multa. Parece una imposición arbitraria, pero si no existiera, el cruce se convertiría en un escenario de anarquía, choques y caos absoluto. Al final, nadie podría avanzar. El semáforo frena el libertinaje de unos pocos para asegurar la libertad de tránsito de todos.

​El fútbol funciona exactamente igual:
​La igualdad ante la norma: El equipo local, la mayoría en el estadio o el club con el presupuesto más millonario no pueden decidir, por el simple hecho de ser «más poderosos», achicar su arco o meter un duodécimo jugador a la cancha.

​El freno a la tiranía de las mayorías: En una democracia real, al igual que en la cancha, la mayoría no tiene el poder absoluto para cambiar las reglas del juego a su antojo en mitad del partido.

​El peligro de la interferencia: El poder contra el reglamento
​Cuando los poderosos intentan saltarse las reglas del juego, el sistema entero corre el riesgo de colapsar. Un ejemplo claro de esto ocurre cuando la política intenta arbitrar el deporte. Es necesario condenar actitudes como la del presidente Donald Trump al intentar interferir a favor de jugadores de su preferencia, así como la complicidad de la FIFA al aceptar dichas intromisiones.

​Cuando un líder político o una corporación tuerce el reglamento para beneficiar a los suyos, se destruye la meritocracia, se corrompe la competencia y se rompe la confianza de los ciudadanos (o de los aficionados) en el sistema. Si la FIFA o los comités organizadores permiten que el poder político dicte las sentencias en la cancha, el fútbol deja de ser un deporte justo y pasa a ser un reflejo del autoritarismo, donde gana el que tiene más influencias y no el que mete más goles legítimos.

​El principio de estricta legalidad: Nadie por encima del juego

​La gran lección que el Mundial y el fútbol nos dejan para la vida pública es la urgencia de defender el principio de estricta legalidad.
​Para que la democracia y el Estado de derecho sobrevivan, necesitamos que las normas preexistan al partido, sean claras y se apliquen a todos por igual, sin importar el color de la camiseta, el tamaño de la billetera o el cargo que se ocupe. Solo bajo el imperio de la ley —y nunca bajo el imperio de los poderosos— se puede garantizar una cancha neutral donde el talento, el esfuerzo y la justicia social determinen el resultado.