Cólera en Birmania y ébola en la RDC: dos brotes que agravan la crisis sanitaria
Dos importantes brotes de enfermedades infecciosas agravan la situación sanitaria en zonas especialmente vulnerables: mientras Rangún, la principal ciudad de Birmania (Myanmar), enfrenta un brote de cólera con al menos 54 casos confirmados, la República Democrática del Congo (RDC) registra una epidemia de ébola que ya se ha convertido en la segunda más letal de la historia y la de propagación más rápida.
En Rangún, las autoridades sanitarias han confirmado al menos 54 casos de cólera entre personas con cuadros diarreicos, aunque medios locales elevan a 90 los pacientes con resultados positivos. El brote se produce después de varias inundaciones que han afectado distintas regiones de Birmania y que han dejado cerca de medio millón de personas afectadas en la zona central del país.
Según el periódico oficialista The Global New Light of Myanmar, 182 personas fueron hospitalizadas entre el 9 y el 12 de agosto por brotes de enfermedades diarreicas en varios municipios densamente poblados del centro de Rangún. De ellas, 93 padecían infecciones diarreicas graves y un adulto mayor falleció, aunque el medio no precisó la causa de la muerte.
Las autoridades han pedido a la población evitar las fuentes de agua contaminadas y no consumir alimentos que hayan estado expuestos a la humedad o presenten mal olor. El Gobierno militar asegura que el número de casos y hospitalizaciones está disminuyendo y que cada vez más pacientes están siendo dados de alta.

El cólera es una infección bacteriana que se transmite principalmente a través del consumo de agua o alimentos contaminados. Puede provocar diarrea y vómitos intensos, causando una deshidratación rápida que, en los casos más graves, puede llevar a la muerte en cuestión de horas si no se recibe tratamiento.
La situación en Birmania refleja cómo las inundaciones y la falta de infraestructuras sanitarias pueden facilitar la aparición de enfermedades transmitidas por el agua. El país, además, atraviesa una profunda crisis humanitaria desde el golpe militar de 2021, que puso fin a una década de transición democrática y agravó un conflicto armado que se prolonga desde hace décadas.
En África central, la situación es todavía más grave. La epidemia de ébola declarada el pasado 15 de mayo en el este de la RDC ha dejado ya 4.945 casos confirmados y 2.325 fallecidos, según el último boletín del Ministerio de Comunicación congoleño. Estas cifras superan el brote registrado en la misma región entre 2018 y 2019, que dejó 2.299 muertos y 3.481 casos confirmados.
La actual epidemia, causada por la poco común cepa Bundibugyo, se ha convertido así en la segunda más letal de la historia del ébola y en la de propagación más rápida registrada hasta ahora. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el virus comenzó a circular en la región en febrero, aunque investigaciones científicas apuntan a que las primeras infecciones pudieron producirse incluso en enero.
La detección tardía ha sido uno de los principales factores que han permitido la expansión del virus. Los primeros síntomas del ébola pueden confundirse con enfermedades habituales en la región, como la malaria, mientras que la inseguridad, los desplazamientos de población, las dificultades de acceso y la desconfianza hacia los equipos sanitarios han complicado aún más la identificación de los casos.
A ello se suma la circulación de mitos y desinformación, que ha provocado rechazo a los centros de tratamiento y a las prácticas de entierro seguro. En algunas zonas, incluso se han registrado ataques contra trabajadores sanitarios y voluntarios.
El brote afecta a seis provincias, tres de ellas —Kivu del Norte, Kivu del Sur e Ituri— golpeadas desde hace años por el conflicto armado. La violencia y los desplazamientos forzosos han dejado a numerosas comunidades en una situación de extrema vulnerabilidad y han dificultado la respuesta sanitaria.
Otro desafío es que la cepa Bundibugyo todavía no dispone de una vacuna autorizada ni de un tratamiento específico. La Universidad de Oxford inició en julio el primer ensayo en humanos de una vacuna contra esta variante, mientras otras candidatas son desarrolladas por distintas instituciones y compañías.
La respuesta también se ha visto afectada por los recortes de la ayuda humanitaria internacional, que han debilitado los sistemas de vigilancia epidemiológica y limitado la capacidad de intervención sobre el terreno.

La magnitud del brote ha llevado al director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, a advertir de que la epidemia podría alcanzar las dimensiones del peor brote de ébola registrado hasta ahora, el ocurrido en África Occidental entre 2014 y 2016, que dejó unos 11.000 muertos y 28.000 contagios.
El virus llegó además a la vecina Uganda, que se declaró libre de ébola el pasado 28 de julio después de registrar 20 casos confirmados, incluidos 15 considerados importados de la RDC, y dos fallecimientos.
Aunque se trata de enfermedades distintas y de brotes separados geográficamente, las crisis de Birmania y la RDC comparten varios factores de riesgo: sistemas sanitarios debilitados, dificultades para acceder a atención médica, desplazamientos de población, condiciones ambientales adversas y falta de recursos para detectar y contener rápidamente los contagios.
Mientras en Rangún las inundaciones han aumentado el riesgo de enfermedades transmitidas por el agua, en el este de la RDC el conflicto armado y la desconfianza de las comunidades han dificultado la contención de un virus mucho más letal. Ambos casos ponen de relieve el impacto que las crisis humanitarias pueden tener sobre la prevención y el control de las enfermedades infecciosas.
Fotos EFE


