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20 de diciembre de 1989: éramos un ejército de papel, afirma Pipe Camargo

Javier Collins Agnew

La Verdad Panamá

Treinta y seis años después, el 20 de diciembre sigue siendo una herida abierta que Panamá no termina de sanar.

Dos exoficiales de la desaparecida Fuerzas de Defensa, Carlos “Superman” Saldaña y Felipe “Pipe” Camargo, coinciden en algo clave: la invasión se veía venir. Lo que no estaba listo era el país… ni su aparato militar.

“La esperábamos… pero éramos un ejército de papel”

Saldaña no se anda con rodeos. Dice que los mandos medios y altos sabían que el golpe venía. No era un secreto en los pasillos del cuartel central ni entre los organismos de seguridad del Estado. El problema, según relata, fue el mismo de siempre: inteligencia que no soltaba prenda y una estructura inflada en números, pero débil en capacidad real.

“No estábamos preparados. Teníamos cifras, planes en papel, pero la única fuerza de combate real eran siete u ocho compañías. Eso no es un ejército para enfrentar a Estados Unidos, eso es una estadística con uniforme”.

La proyección era llegar a 18 mil o 20 mil efectivos para 1999, pero el calendario lo reventó la historia: en 1989 todo se vino abajo antes de crecer.

Chiriquí, la última carta

Felipe “Pipe” Camargo confirma que sí existía un plan militar. La llamada reserva estratégica debía concentrarse en Chiriquí. La idea no era ganar la guerra, eso nunca estuvo en la ecuación, sino resistir entre 48 y 72 horas.

El objetivo era político, no militar: aguantar lo suficiente para que la ONU declarara la invasión ilegal.

“El plan incluía retirarse luego a tácticas de hostigamiento tipo guerrilla. Pero como fuerza regular, no teníamos cómo igualar al ejército estadounidense”.

El plan, además, dependía de que Noriega se trasladara a Chiriquí. Eso nunca ocurrió. Y sin comandante, no hay guerra… solo desorden.

Los hechos que “justificaron” la invasión

Saldaña recuerda episodios que Washington usó como gasolina narrativa:

– El tiroteo de diciembre donde muere un oficial estadounidense.

– El caso de la pareja norteamericana supuestamente maltratada en un retén.

– Operaciones simultáneas de hostigamiento cerca del cuartel central.

Para él, nada de eso justificaba una invasión a gran escala. Y va más lejos:

Aquí hubo panameños que pidieron la invasión. Eso, en cualquier manual serio, se llama traición a la patria”.

Después del 20: carreras rotas y listas negras

El costo no terminó con las bombas. Saldaña relata cómo su carrera fue literalmente borrada tras la invasión.

Existieron listas elaboradas bajo supervisión estadounidense de oficiales que serían dados de baja. Él estaba en una de ellas.

Intentó reintegrarse. Ningún gobierno posterior lo permitió.

La mano que manda no está aquí. Nunca se fue. Solo cambió de escritorio”.

Camargo, por su parte, ya estaba de baja antes del 20 de diciembre, tras una misión en África.

Aun así, fue detenido, interrogado y luego soltado. Su vida siguió, pero la institución a la que perteneció desapareció para siempre.

¿Quién falló?

Camargo es directo:

– El mando militar perdió comunicaciones y control.

– El poder político estaba concentrado en Noriega, y por tanto, la responsabilidad final recae en él.

No hay romanticismo ni épica artificial. Solo una conclusión incómoda.

La lección que Panamá sigue sin aprender

Treinta y seis años después, ambos exoficiales coinciden en algo inquietante: Panamá sigue sin aprender la lección. Las presiones externas continúan, los alineamientos geopolíticos se repiten y la soberanía sigue siendo un concepto que se invoca en discursos… pero se negocia en silencio.

“Seguimos haciendo negocios con enemigos estratégicos de Estados Unidos y luego nos sorprendemos cuando llega la presión”, advierte Camargo.

El 20 de diciembre no es solo una fecha para coronas de flores. Es un recordatorio incómodo de lo que pasa cuando un país confunde soberanía con discurso, y defensa con improvisación.

Y como diría Saldaña, con amargura pero sin bolero: la invasión terminó… pero los norteamericanos siguen aquí.