Enfoque Global

Dos perfiles, un país en disputa: López Aliaga y Álvarez agitan la carrera presidencial en Perú

La contienda presidencial en Perú se calienta con la irrupción de dos figuras tan distintas como polémicas: el empresario ultraconservador Rafael López Aliaga y el comediante Carlos Álvarez, quienes encarnan estilos opuestos pero coinciden en un discurso duro frente a la inseguridad y en propuestas radicales que sacuden el escenario político.

López Aliaga, de 65 años, conocido como “Porky”, vuelve a intentar llegar a la Presidencia tras su paso por la Alcaldía de Lima (2023-2025), una gestión marcada por controversias, promesas incumplidas y decisiones cuestionadas, como la adquisición de trenes usados que sus detractores calificaron de “chatarra”.

Empresario vinculado al sector turístico en Cusco —especialmente al transporte ferroviario hacia Machu Picchu—, ha construido su perfil político sobre un discurso confrontativo, de fuerte carga religiosa y conservadora, con posturas “provida” y rechazo a la llamada “ideología de género”. Su estilo, comparado con el de Donald Trump, se caracteriza por ataques constantes a sus adversarios, a quienes tilda de “caviares”.

En campaña, ha protagonizado episodios de alta tensión, incluyendo enfrentamientos con ciudadanos que rechazaron su presencia en regiones del sur andino. Aun así, mantiene una base sólida de apoyo y propone medidas drásticas como la pena de muerte, el retiro de Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y cárceles en zonas remotas para combatir el crimen.

En el otro extremo del espectro emerge Carlos Álvarez, de 62 años, figura conocida de la televisión peruana, que ha irrumpido con fuerza en las encuestas tras años de trayectoria humorística marcada por imitaciones políticas.

Álvarez busca capitalizar el desencanto ciudadano con la clase política tradicional, inspirándose en el modelo del presidente ucraniano Volodímir Zelenski, quien también saltó de la comedia al poder. Su candidatura ha sorprendido al posicionarse entre las principales opciones electorales en las semanas previas a los comicios.

Sin embargo, su camino no está exento de polémica. Durante la campaña han resurgido cuestionamientos por sus vínculos en los años 90 con Vladimiro Montesinos, exasesor del expresidente Alberto Fujimori, condenado por corrupción y violaciones a los derechos humanos. El candidato ha respondido que fue víctima de chantaje y ha negado afinidad política con el fujimorismo.

Pese a ello, ha logrado conectar con sectores ciudadanos al centrar su discurso en la lucha contra la delincuencia, proponiendo un enfoque similar al del mandatario salvadoreño Nayib Bukele, incluyendo mano dura, pena de muerte para delitos graves y la salida del país de la Corte Interamericana.

Ambos candidatos, aunque desde orígenes distintos —el empresariado y el entretenimiento—, coinciden en ofrecer respuestas contundentes a la inseguridad, principal preocupación de los peruanos, y en desafiar el statu quo político.

La elección presidencial en Perú se perfila así como un choque de estilos: el discurso incendiario de López Aliaga frente a la narrativa disruptiva de Álvarez, en una carrera donde el descontento ciudadano podría inclinar la balanza hacia opciones no tradicionales.