Panamá recibe el 2026 entre celebraciones desiguales y una realidad que no cambia
Javier Collins Agnew
La Verdad Panamá
Cuando las manecillas del reloj marcaron la medianoche, el año 2026 comenzó oficialmente en Panamá y miles de familias celebraron la llegada del nuevo periodo con júbilo, abrazos, fuegos artificiales y el deseo compartido de que el año entrante sea mejor que el que se va.
Desde tempranas horas de la noche del 31 de diciembre, en cada barrio y en cada rincón del país se vivió el ambiente propio del cierre de año.
Las tradicionales cenas familiares marcaron la jornada: pavo, jamón, arroz con guandú y ensaladas en muchos hogares, mientras que en otros siguiendo una costumbre cada vez más extendida el pescado también tuvo un lugar en la mesa.
La celebración se dio tanto en residencias de alto poder adquisitivo como en casas más humildes, donde, aunque la cena fue modesta, no faltó la espera despierta hasta la medianoche ni el deseo de recibir el nuevo año con esperanza.
Como manda la costumbre, muchos panameños lucieron ropa nueva, vestidos como si se prepararan para asistir a una gran celebración de gala, solo que esta vez la fiesta no estaba en un hotel ni en un salón de eventos, sino en la sala de sus propias casas, compartida con la familia más cercana.
En hogares de familias clase media y alta, la celebración fue íntima y reservada. Cada quien recibió el año nuevo en su propio espacio, sin ese roce vecinal característico de los barrios populares, en reuniones discretas que privilegiaron la privacidad y el círculo familiar más cercano.
El panorama fue distinto en los barrios populares del país, donde, pese a la escasez que suele marcar el día a día, abundó la unión.
Vecinos se reunieron en veredas, callejones y rincones de las comunidades para compartir cenas de fin de año, música y brindis improvisados, reafirmando ese tejido social que suele hacerse más fuerte cuando hay poco, pero se comparte mucho.
Los más jóvenes aprovecharon la ocasión para reunirse entre amigos y consumir licor, mientras que los más pequeños corrían de un lado a otro encendiendo bombitas, estrellitas y silbadores, artículos pirotécnicos cuya manipulación por niños está prohibida, pero que en la práctica volvió a repetirse en distintos sectores durante la llegada del nuevo año.
En el interior del país, provincias como Chiriquí y las regiones centrales mantuvieron vivas las tradiciones familiares.
Reuniones en casas de campo, música típica, brindis y rezos acompañaron el cierre del año, en una mezcla de costumbre y fe que se repite generación tras generación.
En muchos hogares del interior, el cambio de año se recibió con serenidad, mirando al 2026 como una nueva oportunidad.
Sin embargo, no todo fue celebración sin sobresaltos. En sectores considerados de alta incidencia delictiva, como algunos barrios de la provincia de Colón, los fuegos artificiales se confundieron nuevamente con detonaciones de armas de fuego, producto de personas que dispararon al aire para “recibir” el año nuevo, una práctica peligrosa que se repite pese a los reiterados llamados de las autoridades.
Situaciones similares se reportaron en comunidades como Boca La Caja, Samaria, Tocumen y Felipillo, donde residentes señalaron que, ante la escasa vigilancia policial en algunos puntos, los disparos al aire fueron frecuentes durante los primeros minutos del 2026, opacando parcialmente el ambiente festivo.
El 2026 llegó puntual a la medianoche, pero no fue igual para todos: mientras unos brindaban puertas adentro, otros celebraban en la calle; mientras unos miraban el cielo por los fuegos artificiales, otros se cuidaban de las balas que también caían. El año cambió, la realidad no.


