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Panamá rinde homenaje a sus difuntos en un día de flores, lágrimas y amor eterno

Javier Collins Agnew

La Verdad Panamá

Desde las primeras luces del domingo 2 de noviembre, los cementerios del país despertaron cubiertos de flores, rezos y silencios que hablan más fuerte que las palabras.

Es el Día de los Difuntos, y miles de panameños acudieron a los campos santos con una sola misión: rendir tributo a quienes ya no están, pero que siguen habitando el corazón de los vivos.

En el Cementerio Parque del Recuerdo, ubicado en el distrito de San Miguelito, la escena se repetía con ternura y dolor.

Familias enteras llegaban cargadas de flores, garrafones de agua y cepillos para limpiar las lápidas, mientras otros, en silencio, dejaban caer una lágrima sobre el nombre de un ser querido.

En el Jardín de Paz, ni la distancia, el calor o el peso de los años detuvo a don Manuel Vergara, de 80 años, quien avanzó con paso lento y un ramo de margaritas entre las manos, apoyándose de su bastón.

“Mi madre murió hace 40 años, pero cada 2 de noviembre vuelvo a su tumba, porque uno nunca deja de ser hijo”, dijo, mirando la lapida que está sobre la tumba que guarda los restos de quien le dio la vida.

Su voz tembló, pero su fe se mantuvo firme, como si aquel breve momento bastara para volver a conversar con ella.

No muy lejos, una niña de siete años colocaba un ramo de rosas blancas sobre una tumba reciente.

A su lado, su abuela susurraba un Padre Nuestro, mientras la pequeña con inocencia, acariciaba la fotografía en blanco y negro de una mujer joven. Fue una escena breve, pero suficiente para quebrar el silencio de quienes observaban.

«Feliz día mamá» , le dijo la niña a su joven madre, palabras inocentes pero cargadas de gratitud y mucho amor.

En este día los cementerios municipales y privados de la capital, al igual que los del interior, se llenaron de vida entre flores, velas, plegarias y recuerdos.

Las criptas en las iglesias también recibieron a miles de fieles que encendieron velas y elevaron oraciones por sus difuntos.

En muchos templos, los sacerdotes ofrecieron misas conmemorativas, recordando que la muerte no es el final, sino el inicio de una vida distinta.

El Día de los Difuntos tiene raíces profundas en la tradición católica. Surgió en Europa, hacia el siglo XI, cuando los monjes comenzaron a orar por las almas del purgatorio.

En Panamá, la fecha fue adoptada desde la época colonial y, con el paso del tiempo, se transformó en una jornada nacional de respeto y recogimiento.

En 1916, se oficializó su observancia, y desde entonces, cada 2 de noviembre el país se detiene: no hay música, ni fiestas, ni licor; solo silencio, fe y memoria.

Pero más allá del rito, lo que perdura es el amor. Ese que mueve a un anciano a caminar kilómetros para hablar con su madre fallecida, o a una niña a entender la ausencia con flores.

Ese amor que convierte los cementerios en jardines vivos de nostalgia, donde las lágrimas riegan los recuerdos y el viento parece llevar los suspiros hasta el cielo.

En este dia las lápidas y cruces brillaban, cada flor depositada decía te extraño y cada oración era una conversación con el ser querido, una visita y un “hasta pronto”.

Panamá volvió a demostrar que la muerte puede silenciar voces, pero jamás borra ni apaga el amor hacia el ser querido.