¿Qué pasa con los valores?
Por: Dayra Garcia
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Con frecuencia escuchamos la preocupación que existe sobre conductas cuestionables que presentan algunas personas, independientemente de las edades de aquellos que las cometen.
Han sido muchas las explicaciones vertidas por parte de los profesionales de la conducta individual y social quienes plantean, por ejemplo, que lo que ocurre con las personas, forma parte de la dinámica que viven las sociedades, ya que ellas van cambiando. Diría (opino) que una sociedad debe adaptarse a los cambios que se presentan sin perder de vista que los valores son permanentes en el tiempo ya que son los que fortalecen y preparan a los individuos a enfrentar los retos que se presenten.
Otra explicación la atribuyen a la descomposición que ha sufrido la familia, la falta de educación, las crisis económicas y el desapego espiritual que vive el individuo.
Lo cierto es que, cada día, se evidencia menos aprecio por los valores e insisto, no se trata sólo de niños y jóvenes; vemos cómo adultos de todas las edades se olvidan de aplicarlos. Cada quien le da un sentido propio de acuerdo a su experiencia y a sus creencias.
A muy temprana edad nuestros padres nos enseñaron que debemos ser respetuosos con los demás, honorables, tolerantes, honestos, y perseverantes, luego, la escuela seguía fortaleciendo esos y otros valores como la disciplina, la responsabilidad y la solidaridad con el propósito de adaptarnos al diario vivir.
Se supone que el individuo, cuando va madurando, hace consciente la importancia de los valores sociales, entonces ¿qué es lo que hace que algunas personas, a pesar de estas enseñanzas se olvidan de aplicarlos en su camino? ¿Cuáles son los mensajes que estamos enviando? ¿Será que los principios y valores que nos enseñaron no son aplicables a las actuales sociedades?
Pareciera que la palabra honor, para algunos individuos, ya no tiene el significado, o, simplemente pasó de moda. Algunas personas han olvidado que hay que honrarla, que se deben respetar la reputación, la estima y los compromisos adquiridos. Estamos inmersos en la difamación, en el descrédito sin importar la objetividad solo con el fin de pisotear la dignidad de las personas para lograr algo.
Me entristece ver como algunas personas aceptan el irrespeto, la corrupción, la trampa y los golpes bajos sólo por el hecho de lograr un vano propósito a pesar que saben que no es correcto, desconociendo que, con ello, pierden paz y armonía interior.
Constantemente, se dice que los padres debemos estar pendientes de los cambios en la conducta de nuestros hijos, diríamos, además, que debemos estar capacitados para orientarlos ante mensajes que muchas veces no son percibidos pero que los condicionan, que se expresen negativamente. No se trata de mantenerlos en una burbuja y aislarlos, el asunto es ofrecerles herramientas que les permitan el discernimiento que los lleve a tomar las mejores decisiones. Se trata de prepararlos para el mundo y sus desafíos, se trata de prepararlos para la vida. Es comprender que nuestras sociedades van cambiando y que esos cambios plantean nuevos desafíos y que uno de ellos sigue siendo, hacer lo bueno o lo malo.
Educar el capital humano de un país es un compromiso de todos, es trabajar en consenso para despertar la consciencia del ciudadano a través del fortalecimiento de principios y valores que han sido inculcados ya que, si los seguimos sacrificando, tendremos una sociedad carente de todo respeto. Todos debemos colaborar en la promoción de buenos hábitos ciudadanos y crear capacidades para discernir en lo bueno y en lo malo. Educar en valores es proveer del andamiaje que requiere una sociedad y un individuo adaptarse a su realidad y tomar decisiones productivas.
Toca a la familia, al sistema educativo y a la sociedad en general, actuar en pro del bienestar del ciudadano apoyando las acciones que promuevan el bien común, la dignidad, la libertad, la confianza por la gente, la espiritualidad y tantos otros valores que parecen haber perdido significado y que se plantean hoy como retos formadores impostergables.
Toca al individuo asumir conscientemente la práctica en valores. Somos nosotros los que decidimos la manera como nos comportamos frente a los demás, por lo tanto, somos responsables de asumir o evitar transgredir las normas de conductas establecidas en la sociedad en la que nos desenvolvemos.
El reto es mirarnos al espejo y preguntarnos si practicamos los valores por convicción, con justicia y con responsabilidad, y estar claros que vale la pena aplicarlos a pesar que las circunstancias que nos rodean y nos hagan dudar de lo correcto. Creo que ese autoanálisis permite regular nuestra conducta para el bienestar individual y colectivo, y lograr la convivencia armoniosa que tanto necesitamos.
No se trata solo de entender su significado, es lograr que seamos capaces de traducirlos a actuaciones pertinentes y concretas de manera que cubran nuestras necesidades, que no practiquemos antivalores y que no sucumbamos ante la idea que valemos más por lo que tenemos que por lo que representamos como personas.
Lograr un cambio en la conducta de los individuos no es un asunto fácil, requiere del esfuerzo de toda la sociedad y de la convicción por parte nuestra de que una educación en valores vale la pena porque nos hace crecer, nos trae esperanza, confianza y porque permite el desarrollo de un mejor país.
La autora es docente universitaria


