El Imperio de la Ley y el Reto del Centro: Lecciones de las Urnas en Colombia y Perú
Las recientes jornadas electorales en Colombia y Perú nos dejan una postal democrática impactante. Si bien es una regla no escrita que las segundas vueltas suelen definirse por márgenes estrechos, resulta verdaderamente asombroso que en países con padrones electorales masivos —gigantes comparados con nuestro Panamá— las presidencias se hayan definido por un puñado de votos: alrededor de 250 mil votos en el caso de Abelardo de la Espriella en Colombia frente a Iván Cepeda, y apenas unos 41 mil votos para Keiko Fujimori en su disputa contra Roberto Sánchez en Perú. Esta micro-diferencia matemática contrasta con la inmensidad de las fracturas sociales que ambos mandatarios tendrán que unificar.
Lo que estas cifras desnudan, más allá del frío dato estadístico, es una profunda y preocupante desconexión entre el voto urbano y el voto rural. En los mapas electorales de ambos países se dibuja una geografía de la exclusión. Lugares apartados y postergados de la mano estatal, como la selva peruana o la región andina de Puno, le otorgaron a la izquierda de Sánchez un aplastante y desbaratador 80 a 20 sobre Keiko.
De igual forma, en Colombia, Cepeda y su Pacto Histórico conquistaron de manera abrumadora las periferias olvidadas. La izquierda obtuvo sus mejores resultados en la Costa Caribe (ganando en departamentos como Córdoba, Magdalena, Sucre, Bolívar, Atlántico y La Guajira). Asimismo, dominó de forma amplia en todo el litoral Pacífico (Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño) y gran parte de la Amazonía (Amazonas, Putumayo y Vaupés).
La única diferencia verdaderamente palpable en esta dinámica se observó en las capitales: mientras que Lima se volcó de forma masiva e incontestable en favor de la derecha fujimorista, en Bogotá la derecha colombiana no logró consolidar la victoria en la plaza capitalina, quedando la balanza inclinada a favor de la izquierda con un ajustado 52.47% frente a un 45.37%. Con todo y que la derecha ganadora en Colombia arañó su extremo promoviendo un discurso de mano dura contra el crimen, frente a una versión peruana de Fuerza Popular matizada por una mayor moderación, ambas propuestas enfrentan hoy exactamente el mismo e inaplazable desafío: acercarse al centro político mediante políticas que armonicen el crecimiento económico con la justicia social.
Gestión técnica frente a la exclusión estructural
Para comprender a fondo la encrucijada peruana, es indispensable atender el agudo diagnóstico de analistas y politólogos locales como Felipe Gutiérrez. Para Gutiérrez, la realidad del Perú demuestra una profunda contradicción: «el problema en el Perú es que el Estado está muy mal administrado y que no puede gestionar ese presupuesto millonario que ha tenido los últimos años que le hubiera permitido mejorar seguridad, educación y salud. No lo han hecho por desidia, no lo han hecho por incompetencia, no lo han hecho por corrupción». Esta parálisis estructural alimenta directamente el descontento de las regiones periféricas.
Ante este escenario, la derecha que asume el poder enfrenta dos misiones históricas e inaplazables si no quiere ver el ciclo de crisis repetirse de forma indefinida:
En primer lugar, «es imprescindible que la derecha se preocupe de que el Estado esté manejado por profesionales, aligerar las reglas, desburocratizar, eliminar la corrupción». El aparato público debe someterse a una reingeniería técnica para ganar la agilidad y transparencia de la que ha carecido.
En segundo lugar, en el plano ideológico, Gutiérrez sostiene que «se necesitan difundir las ideas de la libertad, de la economía de mercado y el crecimiento económico a través de la promoción de la inversión privada con el modelo económico de capitalismo de competencia abierta».
Estas acciones representan las dos grandes tareas pendientes; de lo contrario, el sistema estará condenado a «volver a repetir el problema».
Fortalezas cruzadas para un destino común
Ambas naciones gozan de bellezas, recursos y dotes excepcionales, pero sus estructuras operan bajo fortalezas distintas. Históricamente, considero que Colombia posee una mayor solidez institucional y estabilidad política, un tejido que le permite resistir tormentas profundas sin romper su orden constitucional. Por su parte, Perú exhibe una envidiable fortaleza y estabilidad económica que ha blindado su moneda y sus macroindicadores a pesar de una crónica volatilidad presidencial.
El verdadero éxito de los nuevos gobiernos dependerá de su capacidad para amalgamar estas virtudes. A través de proyectos serios, diseñados y ejecutados por sus mejores talentos y mentes más brillantes, estas naciones tienen la oportunidad histórica de elevar sus índices de desarrollo humano, robustecer su andamiaje institucional y lograr, en última instancia, que la gente viva mejor.
En este complejo camino de sanación nacional, el imperio de la ley es la clave absoluta en todas sus fases. Sin una seguridad jurídica real y sin tribunales independientes que garanticen que nadie está por encima de la constitución, cualquier promesa de crecimiento o justicia social se convertirá en mera demagogia. Encontrar puntos de encuentro y construir proyectos de unidad nacional que resarzan las históricas brechas socioeconómicas ya no es una opción ideológica; es el único camino para la supervivencia de sus democracias.
Paradójicamente, el destino de estos gobiernos de derecha no se sellará en la reafirmación de sus propias doctrinas, sino en su capacidad de despojarse de dogmatismos. Para garantizar la gobernabilidad y asegurar que sus ciudadanos puedan, finalmente, vivir mejor, la derecha tendrá que aproximarse con pragmatismo y empatía hacia el centro político. Solo asumiendo el mandato de gobernar para todos —tanto para las capitales como para las periferias olvidadas— se podrá transformar la fragilidad de una ventaja mínima en las urnas en la solidez de un legado histórico.
Autor: Carlos Eduardo Rubio
Abogado, ex ministro de Estado y político demócrata cristiano.


